Categoría: La vida

  • Día 5 de Junio – 18:50

    La dificultad de decidir.

    Ir como pollo sin cabeza es algo que me dijo una persona una vez y me molestó, pero bueno, supongo que sí, que era así, y ahora porque me «controlo».

    Hay momentos que quiero irme a no sé dónde y otros plantar un huevo en un lugar. Igual me pasa con los proyectos que tengo: no tengo uno, tengo mil y uno. Es guay pero a la vez una mierda. Antes no me atrevía a nada, por miedos y todas esas cositas de la vida. Ahora he decidido que voy a hacer todo lo que nunca me atreví.

    Tengo momentos que digo: «¿Qué hago? ¿Quién va a querer esto que hago?». Otras veces siento que todo lo que hago me encanta y es precioso, me veo «triunfando». Esta es la parte más difícil, o tal vez fue empezar la más difícil, no lo sé. Lo que sé es que ahora mismo, en el proceso de creación, de buscar, de enseñar…, tengo momentos en que la impostora que llevo dentro aflora, y entre eso y la alergia, las lágrimas suelen caer de vez en cuando.

    En fin, lo voy a conseguir, lo sé.

  • Día 31 de Mayo – 22:07

    31 grados, ventilador enchufado.

    Comienzo este diario sin mucha expectativa de que alguien lo lea (otra vez mi herida de Quirón asomándose). Llevo desde el diciembre pasado enfocándome en la Astrología, no es un diario de eso, pero sí, me gusta, me encanta y lo más probable es que aparezca por aquí bastante.

    Me sentí humillada y no valorada, entonces mi Quirón en casa 8 y signo de Leo me «dice» que tengo que expresar de alguna forma esta herida, que sí, muy presente en mi vida en estos tres últimos años.

    Conocí al padre de mi hija. Un hombre peculiar, le llamaremos Hiedra. Me dejé enredar por sus palabras y no hice atención a los actos, confié en sus palabras tantas veces que si te digo la cantidad sentirás en tu propio cuerpo la vergüenza y la culpa. Realmente era consciente y cada vez que le comunicaba que las cosas que hacía —como mentir, seducir a otras personas (delante de mi cara), tontear y ajustar el horario con su compañera de trabajo (la que me decía que era como su hermana pequeña), no querer compartir planes más allá de construir una casita…, etc.— no eran lo que quería en una relación, y que si iba a ser así no pasaba nada, yo tomaba mi camino y punto. Hice tantas veces las maletas y en cada una de ellas supo qué palabras utilizar para que me volviese a quedar. Mi talón de Aquiles: crear mi familia (hijos), crear una casa autosuficiente y viajes en bicicleta. «Vamos a tener nuestros chamaquitos, en nuestra casa de los Pirineos…». Y yo caía, como las moscas en el pegamento. No quiero dar pena, ni ir de víctima, simplemente sacar la herida de Quirón contando qué humillante y poco valorada me he sentido y, aún así, me quedé. No una, ni dos… Tuve una hija, que perdí en la semana 23; el día del parto le volví a creer. «Tranquila, ma belle, ahora más que nunca esto nos va a unir, vamos a tener más hijos, iremos a hacer un viaje juntos, tenemos que estar juntos en esto…». Le puse su apellido primero, apenas la tocó. No tomó ninguna decisión sobre ella, ni me ayudó a tomarla en un momento tan vulnerable; él la hubiese dejado en el hospital como si no fuera nada. Y aún así me quedé. Obvio, el viaje duró un día, luego volvimos corriendo a casa. Nunca hicimos un viaje como tal, de los que hablaba. Nunca hizo nada de lo que hablaba, nunca fue la persona que decía que era. Y aún así me quedé. Hasta el día que me dijo que a él no le dolía su pérdida porque no era su hija, y pensé: «Vale, tienes que salir de aquí; cuando tengas el diagnóstico médico te vas a ir y no volver nunca más». En esos meses —esos tres meses y medio— fueron destructivos; había días que no salía de la cama, no comía, no quería vivir… Le pedí ayuda, le dije que necesitaba que me obligara a salir de la cama, pero nunca me ayudó; es más, me destruyó más con sus comentarios de indiferencia hacia mí: «Contigo no me sale compartir nada, con otras personas sí», «la tristeza ya estaba en ti desde siempre», y cosas que realmente para mí eran humillantes de escuchar y saber que elegí a esta persona para ser el padre de mi hija. ¡Cuidado con los falsos gurús! Hacen yoga y creen que son dioses sabelotodo. Cuando no pude más, me fui a Grecia yo sola, y allí le dije que la relación se acababa. Obvio, cuando volví (vivíamos en Francia) hizo como si nada, hicimos el «amor» y le pregunté cuáles eran sus miedos en la relación y me dijo: «Yo nunca he tenido miedo, siempre he tenido claro que quiero conectarme con otras personas y no con esta relación». Mi cara fue un poema, la ira y el odio explotaron; ya lo hacía embarazada (esta parte tal vez la cuento en otro momento). Quería pegarle, pero no, y luego quería pegarme a mí misma: ¿cómo pude ser tan gilipollas? Las emociones en ese momento pasaban de una a otra de un segundo a otro; completamente desregulada, no era capaz de hacer mi maleta, de comprar un billete. Qué hijo de puta, sí, eres un hijo de puta y lo sabes.

    Cuando estaba embarazada me daban ataques de ansiedad, porque una vez embarazada empecé a enterarme de más mentiras. Cambió todos los planes sin tenerme en cuenta. Le pedí que si había mentiras no me hiciera crear una familia con él. Y una vez más, le creí, me quedé y me embaracé. No sabía cómo salir de esa situación, estaba desesperada, no tenía dinero ni trabajo, vivía en un país que no era el mío, no tenía ni amigos ni familia allí. Me daba vergüenza contar mi situación, me sentía responsable, rezaba todos los días para encontrar un trabajo e irme de allí. Me decía que lo que vivía era cosa de mis padres y de mis ex (sus traiciones y todo eso que él mismo hacía). Me dijo que yo iba a vivir cuatro embarazos así porque iba dentro de mi ser. Dudé de mí, empecé a creer que todo lo que vivía era por mí, que no merecía traer vida así, que era mala madre por hacerle vivir todos esos ataques de pánico y ansiedad. Una vez me iba a tirar del coche en marcha, quería morir porque no sabía cómo salir de esa situación. Pensaba que me podían quitar a mi hija en algún momento porque yo no tenía nada. Me dijo que me fuera, y le dije que me iría si me firmaba un papel diciendo que renuncia a su paternidad, pero no quería. Hasta un día que ya no pude más: fuimos a terapia y el hombre nos dijo que había que aceptar cómo era cada uno; le dije que yo no le acepto y que se acabó. Él sabía que me iba, volvió a hablar de la familia, de hacer un cuaderno de recuerdos juntos, de todos los hijos que íbamos a tener, de que éramos una familia, y resistí hasta que volví a caer, otra vez. Pienso en ese día mucho, porque estaba tan decidida que no entiendo cómo pude caer otra vez. Íbamos a terapia alternativa y una vez a la psicóloga de pareja; la psicóloga me llamó y me pidió que no dejara a mi psicóloga. En ese momento me di cuenta de que esa persona era una lacra y que tenía que buscar la forma de salir de ahí. Pero al poco tiempo el corazón de mi niña dejó de latir.

    Al día siguiente tenía mi vuelo; antes de llevarme al aeropuerto se puso a llorar como nunca lo había visto antes, diciendo:

    «Me estoy equivocando, me estoy equivocando.» —De un lado a otro de la habitación. Le senté y le dije: «No, Hiedra, tienes que vivirlo, experimenta esas conexiones que dices. Esto se tiene que terminar por el bien de los dos». Entonces me llevó al aeropuerto y de camino paró, y yo en ese momento me sentí la persona más fuerte del mundo. Me dijo de volver y le dije que no, pero sabía que tenía que usar las palabras correctas, entonces le dije: «Vamos a dejar un espacio y veremos». Arrancó, llegamos al aeropuerto y otra vez. Yo veía la cinta y sabía que tenía que meter las maletas, y ahí sería la seguridad de que no hay vuelta atrás. Volví a decirle que necesitábamos ese espacio. Cuando las maletas y la bici se fueron por la cinta, ya era el momento de derrumbarme. Lloré y dije que yo no quería que todo esto acabara así, no quería dejar el lugar donde guardaba los recuerdos que había vivido con mi hija, no quería dejar la familia que quería crear. Me preguntó por qué lo dije tan tarde; no le iba a decir que realmente solo quería irme de esa relación para siempre. Ya me sabía de memoria su forma y mi forma de caer. Cuando desapareció de mi vista, sentí como una gota de felicidad unía una pequeña parte de mi corazón.

    Este diario no trata de Hiedra, es la historia de algunas partes de mi vida en las que sentí la humillación y el no merecer ser amada porque no valgo. Algo que Hiedra me recordó durante la relación y, aún así, me quedé. La culpa y la vergüenza me persiguen con todo lo que te he contado. Cada día siento que las integro de una forma distinta; contarlo aquí me libera un poco más.

    El tiempo me ha mostrado que no cura, simplemente pasa, pero el trabajo durante ese tiempo es la salvación.

    La herida se ha manifestado durante toda mi vida de diferentes formas, situaciones y momentos.